Por considerarlo un ejemplo de gran valor, damos a conocer esta nota enviada por una alumna que recientemente pasó por la Escuela y comparte hoy en día con nosotros todas las mejores expectativas con el café.
Diario Peru21
Sociedad | Mié. 08 jul ’09
“La escuela le daba la espalda a la comunidad, ahora es útil”
‘El maestro que deja huella’, concurso de Interbank, busca dar a conocer experiencias educativas destacables. En la tercera edición del certamen ganó Ítalo Montenegro, profesor del colegio Víctor Andrés Belaunde, de Amazonas. ¿Qué hizo? Puso la escuela y el café a trabajar juntos.
Autor: José Gabriel Chueca
“En mi comunidad había necesidad de docentes. Y yo empecé a colaborar enseñando. Me gustó, vi que había posibilidades de contribuir a mejorar mi comunidad. Recuerdo el primer día de clases. Fui preparado pero, como se dice, el rollo se me acabó rápido. Yo era muy joven; entonces, los alumnos me trataban con confianza. En paralelo empecé a estudiar para ser profesor en la Normal de Bagua”, cuenta.
Recibió el premio ‘Maestro que deja huella’ por el proyecto de café que ha desarrollado alrededor de la escuela.
El Palto es mi pueblo, ahí está mi colegio. Es una comunidad pintoresca cuya actividad económica es el café. La escuela no tenía mucha población estudiantil, a pesar de que en la comunidad había muchos jóvenes. No iban porque no tenían plata, me decían sus padres; porque el café no se vendía a buen precio. Yo pensé que, si mejoraba el ingreso de las familias, sus hijos irían a estudiar.
¿Cómo aprendió usted sobre café?
Tocando puertas, preguntando, leyendo. Los medios de comunicación hacen su papel: periódicos, TV, radio. Asistí a cursos, con mi plata o de colado en la última fila. Tomó tiempo. Y muchas puertas se cerraron, pero algunas se abrieron. Aprendí del cultivo orgánico del café. Sabía que había condiciones. Traté de transferir este conocimiento a los padres, pero no funcionó; entonces, regresé al colegio y lo hice con los alumnos. Ellos captaban.
El sistema educativo escolar es muy deficiente.
Yo había visto que el sistema educativo formal toma al niño, lo ingresa al sistema, lo envuelve, lo enreda en una sopa de contenidos y lo devuelve a la sociedad siendo un completo inútil.
Es verdad. Y, a pesar de eso, uno no puede enseñar lo que quiera.
Tenía limitaciones de carácter normativo. Pero reuní a mi director y a mis colegas y les dije: No tenemos alumnos y, si llegan a salir de la secundaria, no saben hacer nada; por eso, sus familias no los mandan al colegio. Y si nos cae el guante, pues, que caiga. No estamos haciendo ninguna maldad. La junta de padres estuvo de acuerdo. Lo que hicimos fue dar los contenidos que nos exigían y, además, los otros. Esto comenzó en el año 96.
¿Cómo insertaba estos temas en la enseñanza?
Pusimos temas puntuales. Por ejemplo, en Ciencia y Ambiente: la caracterización medioambiental local y la propuesta de un modelo productivo que se adapte a él, como el cultivo orgánico; en Ciencias Sociales, valores, formación ciudadana; en Educación para el Trabajo, la cadena productiva del café; en Matemática: proporcionalidad, áreas –que eso lo aplican en su mundo–, tasas de interés. También planteamos cómo el alumno puede ayudar a su familia a manejar empresarialmente su unidad productiva. Ahí los padres empezaron a tomar en serio el trabajo. Yo agradezco a mis compañeros profesores que me respaldaron. Es un proyecto articulado con todas las áreas.
¿Aumentaron los alumnos?
Cuando empecé a trabajar había 40 alumnos. Era desesperante. Ahora, a pesar de que el pueblo es pequeño, somos 150. Los niños y jóvenes ya no están en el campo todo el día, sino en el colegio, donde deben estar. En las tardes ayudan a sus padres.
¿Cómo han hecho para exportar?
Agrupamos a los productores, estandarizamos la calidad e hicimos volumen. La parte legal fue difícil, pero la aprendimos en el camino. Pude viajar a Colombia, al Centro Nacional de Investigación del Café. Lo que aprendí lo llevé a mi pueblo y seguimos para adelante. Otras personas nos contactaron con clientes en el exterior. Mandamos un contenedor. Hubo gente que no creía, decían que iban a hacer la del perro muerto. Pero hubo familias valientes, que apostaron. Y enseñaron al resto a seguir sus pasos. Ahorita tenemos clientes en Estados Unidos y en Canadá. Tenemos la marca El Palto y distribuimos café ya tostado.
La escuela cambió la cara de El Palto.
La escuela estaba de espaldas a la realidad; ahora es útil, productiva. Y la comunidad retribuye al centro educativo. Tenemos un presupuesto anual para capacitación de profesores. Y los dirigentes de la asociación son ex alumnos. Yo sigo siendo profesor en el colegio y, ahora, me han nombrado presidente de la asociación. Las demás comunidades quieren ser admitidas. Lo que queremos ahora es venir a Lima a vender nuestro café.




