
POR DANIEL SAMPER PIZANO
ILUSTRACIONES NAGA
Colombia vivió del café durante más de un siglo. Hoy vive de una variedad de ingresos: petróleo, carbón, flores, minería, productos industriales… En la lista, aunque con menor importancia que antes, continúa aquel grano amargo que empezaron a cultivar los abisinios hace dos mil 800 años. Ahora lo acompañan curiosos subproductos vinculados a él; entre ellos figuran el turismo, que visita cada vez con más frecuencia la zona cafetera; las regalías que pagan ciertas empresas por vender artículos amparados por el sello de Juan Valdez –desde café hasta prendas de vestir– e incluso las telenovelas, a las que abrió la puerta internacional una historia de amor transcurrida en medio de los cafetales.
Ya no ocupa el café el lugar que tuvo en la economía de Colombia desde 1835, cuando exportó su primera carga, pero sigue siendo parte de su cultura. Tomarse un “tinto”, o muchos, forma parte de la rutina cotidiana de millones de colombianos. El prestigio del café suave de Colombia se consolida con los años. Y el paisaje cafetero, con sus colinas, sus vastos matorrales constelados de granos rojos y su temperatura tibia, típica de la tierra templada, resulta inconfundible para cualquier habitante del país.
Desde hace un par de décadas, cuando las cuotas cafeteras internacionales y la fuerte competencia por el mercado redujeron las exportaciones colombianas, la zona cafetera es menos extensa y más sosegada. Hoy abarca más de tres millones de hectáreas, 590 municipios, 560 mil familias y dos millones de personas dependen del café. La región predominante en el cultivo cafetero es la llamada zona paisa, cuyo reino geográfico yace enclavado en valles y montañas de Los Andes. A ella pertenecen los departamentos de Antioquia, Caldas, Risaralda y Quindío, el eje cafetero.
Uno de los éxitos del grano colombiano en el exterior es el simpático personaje que lo encarna. Pero Juan Valdez no nació en tierras cafeteras sino en un gabinete de publicidad de Nueva York hace 50 años. El primer modelo que lo representó ni siquiera era colombiano. Sin embargo, debajo del sombrero típico, el carriel que lleva al hombro y el poncho de tela se ha hallado siempre la imagen del arriero de la región, campesino con fama de ingenioso, trabajador, mujeriego y temerario.
De los predecesores de Juan Valdez cuenta el folclor muchas leyendas: que eran capaces de ganarle jugando cartas al mismísimo Demonio, que tenían un talento extraordinario para los negocios (pero nunca salían de ser pobres) y que sus exageraciones se citaban en todo el mundo (esta era una de ellas). Muchos de estos ejemplares genuinos aún recorren los caminos de la montaña. Es posible verlos arreando una mula, o trepados en un campero destartalado de los años cincuenta al que cargan con toda suerte de artículos (“Hasta pianos, mi don”, exageran los arrieros) o bebiendo aguardiente en las fondas. Ellos son tan característicos de la zona cafetera como la arquitectura austera y colorida de las grandes casas campestres, donde aún siembran geranios en la bacinilla desportillada de labisabuela y ponen a secar cerezas de café al sol en enormes patios.

Estas casonas, donde se criaban familias enteras, tienen hoy nuevos inquilinos. La disminución paulatina de la caficultura las convirtió en elefantes blancos, en destituidos epicentros de haciendas que abandonaron el negocio, optaron por otros cultivos o por vender su territorio a pedazos y mermaron su actividad de otros tiempos. Los hijos se marcharon a las ciudades y ya no montan en mula sino en automóviles japoneses, ni portan carriel sino maletines ejecutivos.
Así que desde hace un tiempo muchas de las casas solariegas se dedican a alojar turistas. Son visitantes que quieren gozar de la oportunidad de dormir donde dormían los grandes señores del café y sueñan con comer el plato regional, la bandeja paisa, que es un himno al colesterol: chicharrón de cerdo, huevos, frijoles, carne molida, aguacate y arroz.
En las fondas siguen vivas, fulgurantes y estridentes, las rocolas o tragamonedas, que lloran pasillos y tangos. También hacen ronda los tipleros, intérpretes de bambucos a voluntad del cliente. Y en ferias llegan los cuenteros, narradores de historias fantásticas, y los troveros, improvisadores de coplas. Porque el café es mucho más que esa bebida que el papa Clemente VII bendijo hacia 1530, que prohibió en Rusia Pedro el Grande hace 300 años, que Voltaire consumía por litros a mediados del siglo 18 y que, por la misma época, introdujo en Colombia un cura jesuita, sin saber que iba a cambiar la historia del país. Es una cultura, una geografía, un trozo de la historia colombiana más feliz. In
Daniel Samper Pizano
Es periodista, abogado y escritor colombiano. Tiene una columna semanal en el diario El Tiempo de Bogotá, además de innumerables colaboraciones en diferentes medios del mundo.




