La Aventura del Café

La Aventura del café es el extraordinario libro, editado por parte del colombiano, investigador, fotografo y artista, Felipe Ferré. No podiamos dejar de reseñar esta magnifica obra, que pensabamos agotada y que solo podía conseguirse en libreros de viejo o anticuarios. Libro de consulta obligada a todos los apasionados del café. No se lo pierdan!!!

Este libro es el resultado de catorce años de investigaciones en varios países, de lecturas en bibliotecas públicas y privadas, de búsqueda de documentos de anticuarios y “chamarileros”. Constituye una documentación sistemática sobre todo lo relacionado, directa o indirectamente con el café. Descubrió la importancia tan poderosa que ha tenido esta bebida en la historia, en la sociología, la cultura, la política, la medicina, las artes, etc. Nos habla de la historia del café, la propagación del cafeto, el café y la historia, botánica, guía del “amateur de café, imágenes del café, virtudes del café.

Felipe Ferre


Por Nohra Parra, desde París.

En París, con una exposición de fotografías en la Galería Andrée Macé y la presentación del libro Mis retratos de Botero, Felipe Ferré celebra sus 73 años de haber nacido en Bogotá, 46 de salir de Colombia sin dejarla nunca, y 42 de empezar la fotografía en Alemania y Francia prescindiendo para siempre del violín, que junto con el canto estudió desde niño en la Academia Varela.

Andrée Macé es una espléndida galería de arte en la cultural calle de Faubourg Saint-Honoré, a pocos pasos de la afamada Sala Pleyel. Su invitado durante todo el mes de noviembre es Ferré con 60 fotografías de Fernando Botero tomadas en el estudio de la Calle l3 Monsieur le Prince durante los años 1973 y 1976. En la portada del libro y en el afiche de la exposición aparece Botero pintando a Luis XIV según Hyacinthe Rigaud, el pintor oficial del Rey Sol y cuya obra de 1701 está en el Museo del Louvre.

No se trata de una exposición a la manera tradicional de las galerías de cuyos muros completamente vacíos cuelga la obra del artista. La Casa Andrée Macé es más que una galería para exposiciones temporales. Fiel a su tradición cíe 137 años de restaurar y conservar en sus salones bellas piezas antiguas de piedra y mármol, objetos decorativos originales y una buena cantidad de chimineas desde el siglo XII para una clientela de coleccionistas, entre todas ellas mezcla la obra del artista invitado contemporáneo. Así, Ferré con sus Boteros está en espacios generosos acompañado de esculturas, objetos e instrumentos musicales que pueden ser griegos, romanos o etruscos a italianos y franceses de siglos más recientes. Entonces el paisaje de la exposición no es un salón, es toda la casa: zaguanes y salas con recovecos íntimos y cálidos, patio interior con fuentes y jardines que llevan a enomes sótanos con bóvedas y muros amplios. Allí, fachadas de chimineas sirven también de marco al testimonio de Ferré de una época en que Botero alcanzaba la maestría con los bodegones y las naturalezas muertas, confirmaba su permanente estado crítico de la sociedad con los obispos y los militares a incursionaba en la escultura.

Ese toque armonioso y contrastante entre el patrimonio cultural a histórico y el arte contemporáneo, en este caso la fotografía artística, es una innovación de su directora Dominique de Grivel, admirada y respetada por su profesionalismo en este campo. Una de sus más cercanas colaboradoras es una dinámica colombiana, la nariñense Ana Lucía Bravo, directora de las exposiciones temporales y quien vibra con el espíritu innovador y creativo de la Casa Andrée Macé.

Ferré mirando a Botero

En silencio, sin interrumpir el trabajo del maestro, escondido detrás de su cámara de fuelle Téchnica 70 de la casa alemana Linhof, empotrada en un trípode, Ferré fue testigo mudo de la desbordante creatividad de Botero quien apenas frisaba los cuarenta años. Con su ojo, también de artista, observó las curiosidades y especificidades que Botero introducía discretamente en sus cuadros: un loro, moscas, parte de su brazo que entra al cuadro para agarrar una fruta o una taza de café o saludar a su personaje. Ferré lo admiró, por supuesto, y en su archivo conserva más de ochocientas fotografías. En sus recuerdos está viva la confianza que Botero depositó en él desde el mismo día en que aceptó ser fotografiado en el estudio. tampoco olvida la sencillez y amabilidad de su trato. Nunca le preguntó qué iba a hacer con las fotos, ni pidió verlas. Ferré lo vio enérgico, vital, entregado a su arte con el rigor de ocho horas diarias en absoluto mutismo pues ni cantaba ni tarareaba ni silbaba una canción o una melodía ni escuchaba música. Pero al medio día de cada jornada, en el restaurante El Pulidor, vecino al Teatro Odeón, adonde lo invitaba a almorzar, Botero se desbordaba con la palabra. Sus conversaciones giraban en torno de la historia y la cultura.

Lo que el destino depara

Precisamente la historia y la cultura universales fueron las fuentes de conocimiento del niño Felipe y sus tres hermanos, Martín, Gabriel Julián y Juan, quienes en un ambiente feliz y singular descubrieron un día que no hablaban la misma lengua que aprendían en la calle con sus amiguitos del barrio de Las Nieves y en la escuela porque sus padres, el químico catalán Gabriel Ferré y la francesa de origen martiniqués Elisabeth Marie Joseph, les hablaban en la lengua materna, el francés; que los clásicos griegos y los franceses y españoles de los siglos XIX y XX paseaban como Pedro por su casa en la de ellos, y que las aventuras de sus padres narradas en cuentos y leyendas que creyeron fantásticas, era la historia viva entre Europa y América: Ambos vivían en París pero por azar se conocieron en 1930 en Venezuela, se enamoraron, se casaron y viajaron a Colombia en barco, de La Guaira a Bocas de Ceniza y de allí hasta La Dorada, río Magdalena arriba, y de Puerto Salgar a Bogotá en tren. Pronto Gabriel Ferré se convirtió en Bogotá en una figura importante. Importador de químicos de Alemania, creó una fórmula para tinte del cabello e instaló en la Calle Real el Salón Parisien y así las cabelleras de las mujeres de la alta sociedad capitalina pasaron por sus manos. Pero esa felicidad duró sólo diez años. La Segunda Guerra Mundial y el cierre de las importaciones los arruinó. Se refugiaron en una casa de campo que habían comprado en San Bernardo, cerca de Sasaima.

Por entonces Felipe tenía seis años. Era el tercero de los cuatro niños Ferré, nacido el 13 de septiembre de 1934. Recuerda con cariño su escuelita y su maestra, Aura Elvira Beltrán, y también la técnica de revelado de fotos que les enseñó su padre como una premonición. “Aprendimos a coger café, despulparlo y venderlo semanalmente al mayorista, señor Bendeck, por dos pesos que costaba el mercado de la semana.

Lo demás se suplía con la huerta casera y las gallinas. Fuimos felices allí también, hasta cuando mi padre murió de 56 años en 1946, creo que de tristeza”.

La lucha por la supervivencia

Ahí comienza la odisea de los Ferré: una madre desolada, perdida en la inmensidad de los Andes y que sólo piensa en regresar a París. Felipe y Juan sueñan con lo mismo. Mientras tanto vuelven a Bogotá donde viven y trabajan en oficinas de amigos cuyas bibliotecas siguieron siendo fuente de conocimientos. También lo fueron el Liceo de la Salle y la Academia de Música. Les tocó vivir el 9 de abril en el foco de los acontecimientos y padecer en los años siguientes esa tragedia que les era ajena. En 1957 la bella y desconcertada madre, parte hacia París a conseguir los medios para llevárselos, pero un año después Felipe y Juan salen a la costa Caribe colombiana y venezolana, Costa Rica y Panamá, en búsqueda de barcos que los saquen a Europa. Trabajan en hoteles, bares y restaurantes para subsistir. Primero se embarca Juan. En su continua aventura llena de tristeza, Felipe consigue en 1961 viajar en el barco Marco Polo desde Colón hasta Barcelona. En ese mismo día llega a París al encuentro con Elisabeth y Juan en un apartamento cerca del Arco del Triunfo. Pero es en Munich donde Felipe consigue su primer trabajo como experto en hotelería, y estudia violín como lo había hecho en otros Conservatorios por donde anduvo (los abandona al saber que ya no podía ser concertista), se casa con Liliane Jul, bella normanda a la que había conocido en París (matrimonio que perdura feliz con un hijo, Alexandre), compra su primera cámara fotográfica y empieza la más bella carrera, la que lo ha llevado a la fama. Está consignada en sus libros sobre el Café, Colombia, la historia de la arquitectura de París, la Ópera de La Bastilla, la Enciclopedia de Israel, Hector Guimard y su art nouveau, Joaquín Rodrigo y Fernando Arrabal, entre otros, y 23 exposiciones en París, Bogotá, Tokio, Moscú y Madrid, varias de ellas con sus creaciones, Las anamorfosis y Los fantasmas.

De su libro Mis retratos de Botero que Felipe Ferré escribió, diseñó y editó con el mismo concepto artístico de los anteriores -que se han convertido en un sello de garantía-, la revista Diners muestra hoy a sus lectores, en forma exclusiva, algunas imágenes. La Embajada de Colombia en Francia y el Ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia colaboraron con la financiación de la publicación, por ahora en francés. Pero Felipe no para ahí. Con el Museo de Historia de la Ciudad de París que ha adquirido su archivo fotográfico sobre la Ciudad Luz, prepara una primera publicación sobre las bellas tiendas a las que desapareció el desarrollo implacable de la más hermosa ciudad del mundo. París bien vale una foto, mil fotos, todas las fotos…

Tomado de la Revista Diners No. 453, diciembre de 2007

Algunos sitios web donde reseñan el trabajo de este importante investigador del café

http://www.alianagastronomia.com/L2-905556-02-9_aventura-del-cafe-la.html

http://www.moesbooks.com/cgi-bin/moe/57650

http://www.colcrea.org/Ffcv.htm

http://www.lablaa.org/blaavirtual/bibliografias/cocina/cocina/cocina33.htm

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