El infierno debe ser un terrible lugar donde no se sirve tinto…

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Desde mi óptica, el infierno debe ser un terrible lugar donde no se sirve tinto, ese misterioso embrujo que subyuga, de modo suave y contundente nuestros sentidos…

Desde mi óptica, el infierno debe ser un terrible lugar donde no se sirve tinto, ese misterioso embrujo que subyuga, de modo suave y contundente nuestros sentidos…

El padre de una querida amiga lo definió mejor que nadie. Para él, una taza de café fresco, recién colado, fragante y seductor es “una ambrosía negra, para mortales de todos los colores” Raúl Sandoval (q.e.p.d.). Insuperable apreciación.

Si pretendiera narrar aquí el controvertido origen de la bebida, no me alcanzaría el espacio. Basta con saber que desde sus más remotos orígenes en Etiopía, la infusión oscura y perfumada de los granos tostados del cafeto fue asociada con la estimulación del espíritu crítico, la propensión a la profundidad filosófica y la búsqueda del sosiego mental y espiritual. Dice la historia que una ley musulmana de principios del siglo XVI justificaba el divorcio por parte de la mujer “si su marido no le proporcionaba por lo menos una taza diaria de caf酔. Menciona también la historia que las cafeterías de los siglos XVII y XVIII en Europa eran perseguidas como lugares de generación de ideas perturbadoras y contrarias al establishment, e incluso la Rusia Zarista penalizaba el consumo de café, con penas de tortura y mutilación. No es difícil entender el porqué.

En mi caso personal, el café está asociado a mis más primitivos recuerdos. Como el bolero, el café era una elección egoísta de mi padre, hábito que nunca tuvo mucha acogida en la familia. Pese a ello, me autoinflingía la tortura de tomar ese oscuro brebaje como un modo de tener algo en común con él, lo que derivaba en largas tertulias en que rajábamos de todo y de todos. Pese a ello, no puedo explicar en qué momento el café me sedujo y convirtió en su absoluto vasallo. Tal y como lo dice Andrés López en “La pelota de letras”, no había en aquella época mayor muestra de amor que mi papá mencionara, como de pasada, la contundente frase: “mijo, ahí le dejé café”. Esas palabras me situaban muy por encima de la estratosfera emocional, otorgándome un ranking de hijo especial por sobre mis 10 hermanos. Ante tal premio, tomar una o dos tazas de café era una bagatela. Creo que ni siquiera el personaje bíblico de José, hijo de Jacob se sintió tan amado y, aunque sé que en aquellos días aún no se tomaba café, me pregunto si lo que generó el estrecho lazo entre ellos no fue un tinto. El café da para tantas cosas…

Muchos años y centenares de litros de café después, no concibo la vida sin el tinto. Creo que puedo renunciar a la mayoría de las ventajas de la vida moderna: al celular, que es una extensión de mi mano; al Messenger e incluso a las retransmisiones de Los Simpson, pero no alcanzo a imaginar un mundo sin café.

Lo prefiero fuerte, con poca o ninguna azúcar, siempre fresco, y bajo ningún concepto lo tomaría con leche. El café instantáneo me resulta un insípido placebo, que poco o nada tiene que ver con la vida real. Simplemente, nada se compara al delicado y magnífico aroma del café fresco, mucho mejor si es preparado en una de esas antiguas grecas que lucen convenientemente adornadas por un águila. Al paladearlo estallan en mi mente indescriptibles sensaciones que saben a misterio, a noche oscura y a romances prohibidos. El mejor tinto de toda mi vida lo he degustado en un tertuliadero en Santa Rosa de Cabal (Risaralda), donde lo sirven en fina vajilla blanca, que da realce a su inefable color y seductor aroma. Si un tinto normal es una experiencia de los sentidos, un expresso es la apoteosis del placer.

Ni qué decir de la relación entre el café y la buena lectura. Resulta complejo decidir cuál nos hace la vida más grata, y para no entrar en discusiones, simplemente deberíamos agradecer a Dios por darnos ambos regalos.

La importancia del café en la construcción, manutención y fortalecimiento de nuestras redes sociales, es algo que debieran analizar National Geographic y Discovery Channel. Cuando el lenguaje es insuficiente para tender lazos, con una dosis de tinto hacemos milagros, convirtiéndose así en el segundo lenguaje universal. Su vital importancia en relaciones comerciales es también fuera de toda discusión. Ni siquiera el aristocrático y flemático Té lo supera. Por su bajo precio, y por lo asequible a todos los estratos, es más universal que cualquier otra bebida.

El título de este blog es un homenaje a mis cómplices, amigos y amigas, con los cuales de modo grupal o individual compartimos este místico ritual que devuelve las ilusiones a los corazones rotos, los bríos a un espíritu cansado y la fe a quien simplemente ha dejado de creer. Ante una taza de café se fortalecen los más nobles lazos de amor y amistad, elevando cual espirales de humo nuestras almas, regodeándose en un pagano placer. Sin saberlo, somos un sólido y compacto grupo que acude siempre a la llamada del compañero brindando invariablemente afecto inquebrantable, jocosidad y la bebida, fruto de nuestro exquisito café colombiano. Las ramificaciones de esta legión se extienden mucho más allá del mundo físico, pero en las raíces se hayan los más leales y fuertes escuderos: Paula Javela en Manizales; Jhon Tamayo, en Armenia, Janneth Polanco en Bogotá; Luis Zambrano, Betsy Correa y Carlos Martínez en Cali y, Nadia Gonzáles y Nancy Sandoval en Buenaventura. Ellos, junto a este servidor, son la génesis de esta original hermandad.

Por:oscaralfredo26

Los Legionarios de la Taza de Café

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