Por Teresita Celis de La República
Las cifras de pobreza reveladas hace unos días por Planeación Nacional dejan nuevamente mal parado al Eje Cafetero: las capitales Manizales y Pereira, que en otrora, sustentaron los mejores índices de necesidades básicas satisfechas, concentran hoy la mayor población pobre, entre 13 ciudades medidas.
Entre 2008 y 2009 Manizales logró bajar en 2,3 puntos porcentuales el índice de pobreza. Pero el indicador es tan alto, que ni siquiera la disminución del fenómeno en 4,8 por ciento entre un año y otro, bajó a esta capital cafetera del primer lugar como la ciudad, entre trece evaluadas, con la mayor cantidad de población pobre. De cada 100 habitantes 45,4 viven en la pobreza.
Pereira, que escolta a la capital caldense en tal medición, reportó, según las estadísticas de Planeación, que 42,8 habitantes de cada 100 viven en la pobreza. Allí a diferencia de su vecina Manizales el indicador incrementó 2,5 puntos porcentuales.
La situación es en efecto de alarma aunque ya muchos en el Eje han querido bajarle el tono y han tratado de señalar que se trata de una medición en sólo trece ciudades y que por lo tanto las capitales de la región cafetera no son las más pobres del país. Si bien este argumento tiene validez, es también cierto que la medición se hace entre las más importantes urbes del país y ahí quedamos mal parados. Evidentemente hay pobreza y mucha.
Las causas están sobrediagnosticadas: que es la crisis cafetera, que es el bajón de los ingresos por remesas, que es la tasa alta de desocupación que hace años agobia al país, que es la alta tasa de deserción escolar en la educación básica, que es la crisis con Venezuela porque tumbó las exportaciones, etc, etc, etc.
El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (Pnud) advirtió en el informe Regional de Desarrollo Humano de 2004, el progresivo deterioro social de la región. En ese entonces habló de la “paradoja del desarrollo”, que explicó, claramente, en cómo una zona que tiene altas cobertura de los servicios públicos esenciales al mismo tiempo la gente tenga menos oportunidades de empleo e ingreso. En otras palabras tiene luz y agua pero no comida.
CUANDO LA POBREZA ES NEGOCIO
Pero al margen de las circunstancias que han desatado los índices de pobreza en la región, obviamente muy soportadas en las diversas crisis, hay algo que sospecho: más que pobreza material a la zona la está embargando la pobreza mental que se deriva de una pereza colectiva que ha generado vivir, en cierta proporción de las remesas y en mucha proporción de los subsidios en efectivo del programa Familias en Acción.
Ha sido recurrente escuchar a funcionarios públicos que la gente pelea para que no los suban del nivel uno del Sisben (donde están los más pobres) al dos. En otras palabras quieren seguir siendo los más pobres de los pobres y para nada les interesa mejorar sus condiciones de vida, porque pasar de un nivel a otro les puede representar recibir menos subsidios del gobierno.
Hay familias enteras que viven de esos recursos, que “regala” el Estado a las madres y padres que tengan sus hijos en el sistema educativo, como principal condición.
El pecado del programa, cuya intención original es, precisamente, contrarrestar la pobreza, es que aquí ser pobre se convierte en negocio y la asistencia, entendida de esa forma, resulta ser un remedio que no cura o un absurdo fomento de la pobreza. Incluso una mente perversa puede concluir que tales subsidios directos fomentan en adolescentes la maternidad.
Más que asistencia directa que daña conciencias y condena a la peor de las pobrezas, lo que el Eje Cafetero necesita es una mano que le otorgue recursos para transformar en unidades productivas donde la gente tenga dignamente una forma de ganarse la vida.




