El Café: Opinan los que saben

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Luis Prieto Ocampo
 
No se trata aquí de repetir lo que elogiosas plumas han escrito, a rodos, sobre la belleza de los cultivos del café, sobre el impacto económico excepcional de casi siglo y medio en Colombia.
Y sobre la cultura social que  su  producción  ha transferido  a las gentes que lo cultivan.

Se dice y se reitera que a la suerte de este noble  producto agrícola están vinculadas  como quinientas mil familias colombianas, dos millones de personas, desde los más altos estratos empresariales, hasta aquellas de la más ínfima extracción.

El empleo encuentra allí un reducto de gran importancia. Las volatilidades e incertidumbres de la vida cafetera, hoy pan de cada día, tienen que importarle a la sociedad colombiana y al gobierno en especial.

Los precios de este grano en el mercado cafetero, según los productores que cumplen estrictamente con la ley y reconocen  a sus trabajadores todas las prestaciones adicionales al salario, son insuficientes y producen pérdidas de consideración.

La tasa de  cambio, aún la actual, la consideran deprimente. Para no hablar de los desastres causados en su entorno por la reciente revaluación.  

Ante estas circunstancias, los productores empresariales están eliminando cafetales para dedicar sus tierras   a otros menesteres más lucrativos y menos engorrosos como, por ejemplo, la ganadería.

La producción remanente, según protagonistas de esta actividad en el eje cafetero, tiende crecientemente a concentrarse en la informalidad, sumándose a la que siempre ha sido inherente en  las pequeñas parcelas familiares trabajadas por sus  congéneres y a otras agrupaciones similares.

En otras palabras, la producción cafetera, de no cambiar sustancialmente las condiciones económicas que hoy la hacen inviable, va camino a ubicarse paulatinamente, en esta clase de minifundios y de empresas obligadas al incumplimiento de la ley laboral  con repercusiones inciertas En. otras palabras, en la informalidad generalizada.

En esta coyuntura, ¿qué alternativas existen? Esta actividad, además de estos inconvenientes a primera vista insalvables, ha venido abriendo paso, al principio con cierta timidez, pero en nuestros días con cierto vigor, a  procesos de producción de granos de café especiales con mayor valor agregado, aplicando lo que parecen modestas tecnologías, pero que salen al mercado con mejoras sustanciales de calidad. Una calidad que reconocen los compradores con precios varias veces mayores y que cubren con solvencia los costos, para dejar un margen aceptable de utilidades.

Cafeteros empresariales aducen que estas variedades sólo son posibles en microclimas diminutos ante el total productivo. Seguramente, pero cada vez se anuncian más sitios de estos microclimas que incitan a pensar que no son tan despreciables y que su interpretación podría extenderse.

La Federación de Cafeteros, sostenida con el aporte económico de todos lo productores de café, que ha manifestado cierto empeño en este  sentido, está obligada a buscar con más entusiasmo estas nuevas alternativas,  máxime que tiene a su disposición un centro de investigación propio y exclusivo

Y si esto puede dar lugar a una tímida luz de mejores precios en el horizonte, también los costos merecen un examen por parte del grupo de investigadores, que conduzcan a reducciones importantes, como ha sido el caso del arroz y de múltiples ejemplos más, donde la ciencia transgénica está revolucionando la agricultura mundial.
La historia cafetera colombiana, protagónica de tantos logros económicos y sociales en pro del país, obliga a quienes dirigen su devenir, a poner todos sus esfuerzos en  identificar procesos de punta que refuercen su vida rentable. 

Impulsar al máximo el mercado de café 100% colombiano, que empieza a verse en las estanterías gringas. Y también disminuir al máximo su mezcla con otros granos de menor calidad, que anulan el aroma y el bouquet, condiciones excelsas y excepcionales del colombiano.

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