La Coca-Cola original fue un brebaje de fines del siglo XIX, el cuál se conoció como Vino Francés con Coca, de Pemberton, y era una mezcla de alcohol, nuez de cola enriquecida con cafeína, y coca, materia prima de la cocaína. Ante la presión social, se suprimió el vino, primero, y después la coca, quedando así, en cambio, la más banal de las bebidas modernas: agua azucarada y carbonatada, con cafeína, más inofensiva que una taza de café. ¿Pero es así? De ninguna manera. Por MALCOLM GLADWELL
En los 1930s, un artista comercial, Haddon Sundblom, tuvo la brillante idea de exhibir a un corpulento y jubilado amigo suyo, vestido de rojo como Papá Noel, con una Coca-Cola en las manos, y plasmó esa imagen sobre carteleras y avisos a todo lo largo y ancho del país. La Coca resucitó mágicamente como cafeína para niños, sin ninguna de las perniciosas connotaciones que para los adultos tienen té y café. Fue -según los avisos del Papá Noel de Sundblom- la pausa que refresca. Y agregaba vida. Podía enseñar al mundo a cantar.
Una de las cosas que siempre han hecho tan poderosas a las drogas, es su adaptabilidad cultural, o sea la forma de adquirir significados más allá de su farmacología. Creemos, por ejemplo, que la mariguana es una droga de letargo y desafecto. Pero en Colombia el historiador David T. Courtwright señala, en La Fuerza de la Costumbre (Harvard), que los campesinos proclaman que la cannabis los ayuda porque les quita el cansancio, o les reduce la fatiga, a la vez que les incrementa fuerza y ánimo, destreza y espíritu; gracias a ella se tornan incansables.
En Alemania, inmediatamente después de la II Guerra, los cigarrillos se convirtieron, rápida y súbitamente, en el equivalente de la cocaína crack. Se llegó al extremo de que la mayoría de los fumadores habituales preferían pasársela sin alimentos, hasta en condiciones de extrema desnutrición, antes que dejar el tabaco, según crónica de la época. Muchas amas de casa cambiaban manteca y azúcar por cigarrillos.
Hasta una droga tan satanizada como el opio, ha sido vista bajo una luz más favorable. En los 1830s, el abuelo de Franklin Delano Roosevelt, Warren Delano II, forjó la fortuna de la familia mediante la exportación de la droga a la China, y Delano metamorfoseó con tal éxito sus actividades, que nadie acusó al nieto por ser heredero de un barón de la droga. Sin embargo, tal como nos lo recuerdan Bennett Alan Weinberg y Bonnie K. Bealer, en su maravilloso y reciente libro ‘El Mundo de la Cafeína’ (Routledge), no hay droga tan fácilmente adaptable como la cafeína, la estrella de los estimulantes químicos.
En cierto momento, y de alguna manera, es la droga preferida por intelectuales y artistas de café; en otro, por las amas de casa; en otro, por los monjes Zen; y en otro, por los niños a quienes cautiva un hombre gordo que se introduce por las chimeneas. El rey Gustav III, quien gobernó a Suecia en la segunda mitad del siglo XVIII, estaba tan seguro de los peligros particulares del café, sobre todas las demás formas de la cafeína, que concibió una elaborada experiencia.
Un asesino convicto fue condenado a beber taza tras taza de café hasta que muriera, con otro asesino también sentenciado, a guisa de control, a tomar té todo el resto de su vida. (Desgraciadamente, los dos médicos encargados del estudio, murieron antes que los condenados; luego el rey fue asesinado; y, finalmente, el sentenciado a beber té, murió a los 83 años, superviviendo tan sólo el condenado al café: así, pues, la supuesta toxicidad de este quedó en entredicho.)
Posteriormente, las diversas formas de la cafeína comenzaron a dividirse de acuerdo a pautas sociológicas. Wolfgang Schivelbusch, en su libro ‘Sabores del Paraíso’, arguye que, en el XVIII, el café simbolizaba a las emergentes clases medias, mientras que su gran rival cafeinado en esos días -el cocoa, cacao o, como se le conocía entonces, el chocolate- era la bebida de la aristocracia. Goethe, que se sirvió de su arte para pasar de la clase media a la aristocracia, y quien, como miembro de una sociedad cortesana, conservó el sentido de la calma aristocrática, hasta en medio de una inmensa productividad, le tributó culto al chocolate, y evitaba el café, escribe Schivelbusch. Balzac, quien a pesar de su fidelidad sentimental a la monarquía, vivió y laboró para el mercado literario, y tan sólo para este, se convirtió en uno de los máximos bebedores de café de la historia.
Aquí vemos dos estilos de trabajo y dos medios para estimularse, fundamentalmente diversos, que correspondieron a dos sicologías y fisiologías, también absolutamente diferentes. Hoy, por supuesto, las principales diferencias culturales se dan entre café y té, los cuáles, según lista elaborada por Weinberg y Bealer, han acabado por representar, casi por completo, sensibilidades opuestas:
Café:
Masculina
Bulliciosa
Caprichosa
Animosa
Topológica
Beethoven
Libertaria
Promiscua
Té:
Femenina
Discreta
Moderada
Romántica
Geométrica
Mozart
Estatista
Pura
Que la Revolución Estadounidense comenzara con el simbólico rechazo del té, en Boston, es perfectamente lógico. Los auténticos revolucionarios preferirían el café, naturalmente. Al contrario, los luchadores por la libertad de Canadá, cien años después, fueron definidos bebedores de té. ¿Y dónde se ganó la autonomía de Canadá? No en campos empapados de sangre, como los de Lexington y Concord, sino en las amables salas de Westminster, sobre alegres tazas de Darjeeling y pequeños emparedados triangulares de pepino cohombro. Es algo intrigante. No nos obsesiona la diferencia entre los que comen salmón y los que prefieren el atún, o entre los que comen los huevos fritos, o revueltos.
Así, pues, ¿por qué darle tanta importancia a la forma en que la gente prefiere la cafeína? Una taza de café tiene entre cien y ciento cincuenta miligramos; el té negro, preparado en cuatro minutos, tiene entre cuarenta y cien miligramos. Pero la disparidad desaparece cuando se considera que muchos bebedores de té lo toman de un jarro o de una marmita, que contienen más de una taza. Cafeína es cafeína. Cuanto más se medita en esto, escriben Weinberg y Bealer, más paradójica parece esta dualidad que ofrece la cultura de la cafeína. Después de todo, el café y el té son ambos infusiones aromáticas de origen vegetal, ya sea que se ofrezcan fríos o calientes en cantidades similares; ambos se mezclan frecuentemente con leche o azúcar; y se consiguen virtual y universalmente en cualquier tienda de abarrotes o en cualquier restaurante de la sociedad civilizada; y ambos contienen el mismo alcaloide y estimulante sicoactivo: la cafeína.
Sería más sensato trazar diferencias basándose en la forma como la cafeína se metaboliza, más bien que en la forma como se sirve. La cafeína, ya se encuentre en el café, en el té, o en alguna gaseosa, pasa fácilmente del estómago y los intestinos a la corriente sanguínea y de allí a los órganos, y en breve término penetra casi todas las células. Por esto la cafeína es tan maravilloso estimulante.
La mayoría de las sustancias no pueden cruzar la barrera de la sangre cerebral, que es el mecanismo defensivo del cuerpo, que evita que los virus o las toxinas entren en el sistema nervioso central. La cafeína lo hace cómodamente. En una hora, o algo así, alcanza su concentración máxima en el cerebro, y allí hace muchas cosas: principalmente, bloquea la acción de la adenosina, la cual es neuromoduladora del sueño, reductora de la presión sanguínea y desaceleradora del corazón. Entonces, tan rápido como se concentra en el cerebro y los tejidos, la cafeína desaparece: por ello resulta tan segura. (La cafeína, en cantidades ordinarias, nunca ha sido vinculada concluyentemente con ninguna enfermedad grave.)
Pero cuán rápido pasa, difiere dramáticamente de persona a persona. Un hombre de 200 libras, que se tome una taza de café con 100 miligramos de cafeína, obtendrá una concentración máxima de cafeína de un miligramo por kilogramo de peso. Una mujer de 100 libras que se tome la misma taza de café, alcanzará una concentración de cafeína de dos miligramos por kilogramo de peso: dos veces más que el hombre. Además, cuando las mujeres están sometidas a régimen de píldoras anticonceptivas, la tasa a la cuál eliminan la cafeína se hace mucho más lenta. (Algunos de los efectos colaterales que experimentan las mujeres que ingieren la píldora, pueden ser en realidad nervios provocados por la cafeína, debido a la incapacidad súbita de ellas para tolerar tanto café como el que consumían antes.)
El embarazo reduce aun más la capacidad de la mujer para procesar la cafeína. La vida media de la cafeína en un adulto es, más o menos, de tres horas y media. En una mujer embarazada, es de 18 horas. (Hasta un bebé de 4 meses procesa la cafeína en forma más eficiente.) En promedio, un hombre y una mujer que se sientan para tomarse un café, no son entonces farmacéuticamente iguales: en efecto, la mujer está bajo la influencia de una droga muchísimo más potente. Dadas estas diferencias, se pensaría que, en lugar de contrastar las culturas cafeínicas de té y café, deberían contrastarse las culturas cafeínicas de hombre y mujer.
Pero nosotros no pensamos así y con buen fundamento. Analizar la cafeína según patrones de género no hace justicia a su capacidad para insinuarse en cada aspecto de la vida, no sólo para influir en la cultura, sino hasta para crearla. Tomemos la reputación del café como bebida de ‘los pensadores.’ Data desde la Europa del XVIII, donde las cafeterías desempeñaron un papel importante dentro del espíritu igualitario e inclusivo que embargó al continente.
Aparecieron primero en Londres, alarmando tanto a Carlos II que en 1676 trató de prohibirlas. Pero no pudo. Hacia 1700, había centenares de cafeterías en Londres, cuyo espíritu subversivo fue bien captado por un dístico de una comedia: En una cafetería justamente ahora entre la chusma / Abiertamente pregunté: ¿Cuál es la mesa de los traidores? El movimiento luego se extendió hasta París, y a fines del siglo las cafeterías también allí se contaban por centenares: la más famosa era el Café de la Regencia, cerca del Palacio Real, que contaba entre sus clientes a Robespierre, Napoleón, Voltaire, Víctor Hugo, Gautier, Rousseau y al Duque de Richelieu. Previamente, cuando los hombres se congregaban para hablar en público, ya lo habían hecho en los bares, los cuáles surgieron de específicos nichos socioeconómicos y, por el alcohol que allí se servía, crearon un tipo especial de discurso.
Las nuevas cafeterías, en cambio, brotaron de diferentes clases sociales y oficios, y servían un estimulante, no un sedante. Weinberg y Bealer escriben: No es extravagante proclamar que fue en aquellos lugares de reunión donde el arte de conversar se convirtió en la base de un nuevo estilo literario, y donde nació un nuevo ideal de educación general en letras. Hay que observar que en las cafeterías originales casi todo mundo fumaba, y que la nicotina también tiene un definido efecto fisiológico.
Esta modera el carácter, extiende la atención y, lo que es más importante, duplica la tasa metabólica de la cafeína: o sea, permite beber dos veces más café que de otra manera. La cafetería original era un lugar donde hombres de todo tipo y condición podían sentarse el día entero; el tabaco que fumaban les permitía tomar café y conversar todo el día. Este fue el origen de la Ilustración. (Posteriormente, cuando coincidieron en forma perfecta farmacología y lugar, tuvimos a la cantante Joan Báez.)
Con el tiempo, la cafeína se trasladó del café (o cafetería) al hogar. En E.U:, el café triunfó por la proximidad del país a las nuevas plantaciones del Caribe y América Latina, y porque los derechos arancelarios eran muy bajos en el siglo XIX. A comienzos de los 1820s, Brasil desató una inundación de café cultivado por esclavos.
El consumo per cápita de los estadounidenses, de tres libras anuales en 1830, subió a ocho libras en 1859, dice Courtwright. Según Weinberg y Bealer, esta inundación de cafeína favoreció la industrialización para ayudar a gran número de personas a que coordinaran sus planes de trabajo, suministrándoles la energía para efectuar sus labores en cierto tiempo, y para proseguir con ellas cuanto fuese necesario.
Debe recordarse que hasta el siglo XVIII, muchos occidentales bebían cerveza casi continuamente, hasta el punto de que comenzaban el día con algo que se llamaba la sopa de cerveza. (Bealer y Weinberg suministran amablemente la siguiente receta alemana del XVIII: Caliéntese la cerveza en un perol; en pequeño recipiente separado, bátase un par de huevos. Agréguese un buen trozo de mantequilla a la cerveza caliente. Agítese un poco de cerveza fresca para enfriarla y viértase sobre los huevos. Añádase una pizca de sal y, finalmente, mézclense todos los ingredientes, sin dejar de batirlos bien para que no se cuajen.) Ahora los occidentales empiezan cada día con una buena taza de café. Una forma de explicar la Revolución Industrial es como consecuencia inevitable de un mundo en el que la gente prefería estimularse a emborracharse.
En el mundo moderno, no había otra forma de levantar el ánimo. Fue lo que Edison quiso decir cuando afirmó que el genio es un 99 por ciento de transpiración y un 1 por ciento de inspiración. Según el viejo paradigma, trabajar con la mente se asocia con el ocio. Sólo los pobres trabajaban duro. (La narrativa preindustrial se remonta a Arquimedes, quien hizo su principal descubrimiento, el peso específico de los cuerpos, mientras tomaba un baño.) Pero Edison decía que la antigua distinción clasista ya no era posible; que en el mundo industrializado, hay tanto trabajo asociado con la vida de la mente, como antes con la del cuerpo.
En el siglo XX, las profesiones se transformaron igualmente: la medicina volvió ordalía de insomnio la residencia hospitalaria; la profesión legal tomó prestada una impronta del mundo fabril e hizo que sus practicantes marcaran tarjeta, como los sindicalistas. La rimbombancia intelectual no fue sino cuestión de resistencia. El ritmo de los computadores era frenético, escribe James Gleick, del Proyecto Manhattan, en ‘Genio’, su biografía del físico Richard Feynman. El día de este comenzaba a las 8.30 y concluía 15 horas después. Había veces en que no podía abandonar de ninguna manera el centro de computación.
De pronto trabajaba 31 horas y al día siguiente hallaba que un error, minutos después de que él se había acostado, había atascado a todo el equipo. La rutina no le concedía sino muy breves descansos. ¿Los éxitos de Feynman reflejaban un talento natural mayor que el de sus menos productivos antecesores? ¿O tomaba más café? Paul Hoffman, en ‘El Hombre Que Unicamente Amaba Números,’ escribe sobre el legendario matemático Paul Erdös, que los de él eran días de 19 horas de trabajo, y que se fortalecía con 10 o 20 miligramos de Benzedrina o de Ritalin, con café expreso bien fuerte, y con tabletas de cafeína.
Erdös solía decir: ‘Un matemático es una máquina que convierte el café en teoremas.’ En cierta ocasión, un amigo apostó con Erdös 500 dólares a que este era incapaz de dejar las anfetaminas durante un mes. Erdös apostó y ganó, pero durante el tiempo de la abstinencia, fue incapaz de adelantar cualquier trabajo de envergadura. Me hiciste retroceder un mes en matemáticas, le dijo a su amigo cuando le cobró la apuesta, y de inmediato retornó a sus píldoras.
El auténtico ser de Erdös le resultó a él menos real y menos familiar que su ser adulterado, y ésta es una condición válida, más o menos, para el resto de la sociedad. Parte de lo que significa ser humano en la edad moderna, es que hemos llegado a construir nuestros estados emocionales y cognitivos no tan sólo de dentro afuera -con el pensamiento y la intención- sino de fuera adentro, mediante aditivos químicos.
La personalidad moderna es, en este sentido, una creación sintética, diestramente regulada, medicada y dosificada con cafeína, para que el individuo pueda siempre estar despierto, alerta y concentrado, cuando lo requiera. Sobre una apuesta, a no dudarlo, podríamos dejar la cafeína 30 días. ¿Pero cuál sería el resultado? Los abogados dejarían de hacer retributivas sus horas de labor. Los médicos jóvenes se retrasarían en su entrenamiento como residentes. Los físicos tendrían que marcharse para el desierto de Nuevo México. El mundo se retrasaría un mes.
Que la personalidad moderna sea sintética es inquietante. Cuando hablamos de personalidad sintética -o de construir nuevas personalidades por medios químicos- pensamos en las drogas duras, no en la cafeína. Timothy Leary pretendió esto con el LSD, y el motivo por el cuál su empresa no cogió vuelo, fue porque la mayoría de nosotros hallamos horripilante el proceso de sintonizarse, excitarse y desconectarse. Si su conciencia era tan grande, ¿por qué estaba resuelto a alterarla? Más importante: ¿con qué, exactamente, se suponía que debíamos sintonizarnos? Se nos dieron pistas, con colores sicodélicos y profundas lecturas de ‘Lucy con Diamantes en el Cielo,’ pero nunca fue suficiente. Para re-crearnos a nosotros mismos, antes nos gustaría saber en qué hemos de convertirnos.
La cafeína es la mejor y más útil de nuestras drogas porque en todas y cada una de sus formas puede contestar precisamente esa pregunta. Es un estimulante que bloquea la acción de la adenosina y viene en multitud de formas, cada una de estas con su expediente listo, una mezcla de historia, superstición y capricho, que le infunde significado y propósito al ritual diario del bloqueo de la adenosina. Ponga cafeína en una lata roja y tendrá usted una refrescante alegría. Ferméntela en una tetera y se vuelve romántico y delicado. Extráigala de los granos maduros del café, y se torna tenaz y poderoso. Hubo un emigrado ruso poco conocido, de nombre Trotsky, el cual, durante la I Guerra, solía jugar ajedrez todas las noches en el Café Central de Viena, escriben Bealer y Weinberg en uno de los numerosos y fascinantes cuentos sobre el café que contiene el libro: Un típico refugiado ruso, que hablaba mucho pero parecía absolutamente inofensivo, les parecía ciertamente una figura más bien estrafalaria a los vieneses. Un día de 1917, un funcionario del Ministerio Austríaco de Relaciones entró precipitadamente al despacho del canciller, jadeante y excitado, y le dijo: Excelencia, estalló la Revolución en Rusia. El ministro, menos excitable y menos crédulo que el funcionario, rechazó semejante noticia y repuso calmadamente. Salga de aquí… Rusia no es tierra para que haya revoluciones. ¿Además, quién sobre el haz de la tierra podría encabezar una revolución en Rusia? ¿Acaso ese tal Trotsky del Café Central? El ministro era el que estaba mal informado. Désele bastante café a un hombre, y éste es capaz de cualquier cosa. Trotsky creó el Ejército Rojo, que impuso el comunismo en Rusia.
(Traducido de THE NEW YORKER por LUIS E. GUARIN G.)
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